Hay películas que funcionan como un programa compilado: lo ejecutas, hace cosas extrañas y hermosas, y nunca llegas a ver el código fuente. Y hay directores que, años después, deciden publicar el código comentado línea por línea "para que se entienda mejor". Donnie Darko pertenece al primer grupo, y su director's cut, por desgracia, al segundo. Hoy es 30 de octubre, que en el calendario de Donnie Darko es el día en que se acaba el mundo. Un conejo gigante con cara de calavera metálica se lo anuncia a un adolescente sonámbulo con precisión de reloj atómico: veintiocho días, seis horas, cuarenta y dos minutos, doce segundos. Además, la película cumple un cuarto de siglo en cines (cada vez que hago esa resta me acuerdo de mi edad y prefiero no seguir calculando). Así que me parece la excusa perfecta para volver a Middlesex, Virginia, 1988. Lo que me sigue atrapando es la atmósfera. Richard Kelly filma un suburbio de finales de los ochenta con la luz tibia de una película de Spielberg, pero algo se está pudriendo debajo del césped recién cortado. La secuencia del colegio en cámara lenta, con "Head Over Heels" de Tears for Fears llevando la cámara de pasillo en pasillo y presentando a medio reparto sin una sola línea de diálogo, es de esas cosas que cualquier director quisiera tener en su currículum. Y cuando "The Killing Moon" acompaña a Donnie bajando en bicicleta al principio, ya sabes que aquí nada va a ser normal. (Del "Mad World" de Gary Jules mejor ni hablo: esa versión terminó más famosa que la original, y la película se lo ganó a pulso.) Luego está Frank. El terror que más me gusta es el que sugiere en lugar de mostrar, y Frank es la sugerencia hecha disfraz. No ataca, no persigue, no salta desde un armario con un violín estridente detrás. Aparece, habla bajito y da instrucciones. Y lo más perturbador es que debajo de la máscara no hay ningún monstruo. La película entera funciona así: te lleva al borde del abismo y te deja adivinar la profundidad. A eso súmale a Patrick Swayze como gurú de autoayuda con una línea que divide toda la experiencia humana entre el amor y el miedo, una sátira tan precisa de los vendedores de "pensamiento positivo" que da risa y escalofríos en la misma escena. Ahí está el otro talento de Kelly, mezclar comedia negra con fatalidad cósmica sin que ninguna de las dos se coma a la otra. Ahora, lo que mucha gente se perdió en la versión de cine es el libro dentro de la película, "The Philosophy of Time Travel", escrito por Roberta Sparrow, esa anciana que camina una y otra vez de su casa al buzón esperando una carta que no llega. En la versión original apenas se ve de pasada. En el director's cut, Kelly pone páginas completas en pantalla: el universo tangente, el Artefacto, el Receptor Vivo, los Muertos Manipulados. O sea, le pegó a su propia película el manual de usuario. Y aquí viene mi contradicción favorita. A mí la ciencia ficción me gusta cuando el mecanismo tiene sentido, cuando nadie disfraza magia de tecnología. Con esa lógica debería preferir la versión que lo explica todo. Pues no. La explicación convierte el misterio en un diagrama de flujo, y Donnie Darko vive del ruido entre la señal: los tentáculos de agua que salen del pecho de la gente, una turbina que cae de un avión que nadie reporta perdido, el profesor de física que corta la conversación porque podría quedarse sin empleo. Kelly tenía el sistema completo en la cabeza (se nota, nada en la película es arbitrario), pero el gran acierto de la versión de cine fue dejar ese sistema fuera de cuadro. Es como un mago que al terminar el acto te entrega un PDF con el truco. Gracias, supongo. Lo curioso es que la película se estrenó en el peor momento imaginable para una historia donde un pedazo de avión cae sobre una casa, y en taquilla pasó casi invisible. Su prestigio llegó después, en DVD, de recomendación en recomendación, desarmada hilo por hilo en los foros de discusión de la época por gente que veía la película tres veces seguidas y aun así abría un tema nuevo con su teoría. Ese es el culto de verdad, el que nadie fabrica con marketing. Sin destripar demasiado, el final es una de las decisiones más elegantes del cine de esa década: ||Donnie vuelve a la noche del principio, se acuesta en su cama y se ríe mientras la turbina cae sobre su cuarto, aceptando morir para cerrar el universo tangente||. Con ese gesto la película cambia de género frente a tus ojos, y lo que parecía un thriller de ciencia ficción adolescente termina siendo otra cosa, más triste y más grande. Si la vas a ver esta noche, hazme caso y elige la versión de cine. Y por si acaso, antes de dormir, mira hacia el techo. Las turbinas no avisan. Los conejos sí. --- *Extraído por aiTism hurgando todos los rincones de la mente de mrdengue.*
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