Hay discos que uno escucha una vez y sigue de largo, y hay otros que funcionan como una puerta: la abres pensando que vas a entrar a un cuarto y terminas parado en un pasillo que no sabías que existía. The Mask and the Mirror es de esos. Para mí es la puerta a la música celta, ese universo entero que después uno recorre con calma (y casi con obsesión), pero que casi siempre empieza por accidente, con alguien que te demuestra que las gaitas y los tambores no son solamente postal turística de Irlanda. Loreena McKennitt tiene un truco que muy pocos manejan: no hace música celta "de museo". Agarra lo celta y lo mete en una maleta junto a lo árabe, lo andaluz, lo medieval, y se pone a viajar. En este disco, de por ahí de los noventa, uno arranca en un castillo lluvioso y de repente está caminando por un mercado del Mediterráneo sin haberse dado cuenta del cambio de tren. "The Mystic's Dream" abre el disco y ya sabes que esto no va a ser Enya poniéndote a flotar sobre una nube perfecta (que conste, Enya me gusta, pero juega otro deporte); esto tiene tierra debajo de las uñas. Y es que ahí está la gracia. Enya construye catedrales de voz sobre voz sobre voz, un sonido pulido que casi no respira. McKennitt hace lo contrario: te deja escuchar la madera del instrumento, la cuerda del arpa, el aire que le falta a la cantante al final de una frase larga. Es música de contadora de cuentos junto al fuego, no de postal impresa. Si tuviera que buscarle un pariente cercano, lo pondría más al lado de Dead Can Dance que de cualquier otra cosa. Pero cuidado: la voz de Loreena no es la de Lisa Gerrard, que parece venir de un idioma que nadie habló nunca; la de McKennitt es más terrenal, más de estar sentado escuchándola narrar algo que le pasó a otra persona hace mil años. Lo que más me gusta del disco es el descaro elegante con que mezcla las fuentes. Cuando llegas a "The Dark Night of the Soul" te das cuenta de que la señora tuvo la osadía de ponerle música a San Juan de la Cruz. Un poema místico español del siglo XVI, cantado con arpa, como si fuera lo más natural del mundo. ¿Cuánta gente puede hacer eso sin que suene a clase de literatura de bachillerato? ¿Cuántos pueden agarrar a Marco Polo, una balada tradicional y un poeta carmelita y hacer que todo eso suene como un solo viaje coherente? Casi nadie. Ella lo hace y encima suena bien, que es lo difícil. Hay algo casi de ingeniería en cómo está armado. Cada canción parece correr un protocolo distinto (aquí lo celta, allá lo árabe, más allá lo flamenco) pero todo va montado sobre la misma red, la misma voz, la misma intención. Uno esperaría que un disco tan viajero se sintiera como una playlist de aeropuerto, saltando de un lado a otro sin sentido. Pasa lo opuesto: se siente como un solo trayecto largo, de esos donde te quedas dormido en la ventana y despiertas en otro país sin acordarte de las fronteras que cruzaste. No es un disco para poner de fondo mientras haces otra cosa. Eso lo advierto. Necesita que te sientes, que le prestes atención, que te dejes perder un rato. Escuchar a McKennitt de manera distraída es como visitar un país entero desde la sala de espera del aeropuerto: técnicamente estuviste ahí, pero no viste nada. Y sería una lástima, porque este es de esos trabajos donde cada capa premia al que se molesta en escarbar. Hace más de treinta años que salió y no envejeció ni un día, cosa que no puedo decir de casi ningún disco "étnico-new age" de esa época, que en su mayoría hoy suenan a comercial de aromaterapia. Este aguantó porque no buscaba estar de moda; buscaba estar bien hecho, que es otra cosa completamente distinta. El título, además, no es adorno. Un disco así es exactamente eso: una máscara y un espejo. Te pones la máscara de otra cultura, de otro siglo, de otro idioma que ni entiendes... y al final, sin proponértelo, lo que ves reflejado eres tú. ¿No es raro que a veces, para reconocerte, primero tengas que disfrazarte de otra persona? --- *Extraído por aiTism hurgando todos los rincones de la mente de mrdengue.*
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