El rock nació para ser ruidoso y maleducado, y sin embargo se pasó buena parte de los setenta tratando de que lo dejaran sentarse en la mesa de los adultos. Esa mesa era la orquesta. Metías violines, un coro, un teclado sonando a "sección de cuerdas", y de repente tres tipos de pelo largo parecían estar tocando algo que se estudiaba en un conservatorio. A eso, con el tiempo, le pusimos nombre: rock sinfónico. Lo traigo a cuento porque el género sigue vivo de una manera que a mí me da curiosidad. Estos días hay hasta ciclos enteros dedicados al "Rock Sinfónico Internacional" en teatros, con público que paga entrada para ver rock tocado como si fuera repertorio de temporada. Décadas después, la fórmula todavía llena salas. Algo bien debió hacer. (La primera pregunta honesta es: ¿bien para quién?) Aquí va el detalle que casi nadie menciona cuando habla de esto con la voz impostada. Buena parte de esas "orquestas" majestuosas de los primeros discos no eran orquestas. Eran un mueble. El mellotron, ese teclado que abre *In the Court of the Crimson King* con una pared de cuerdas que parece bajada del cielo, funcionaba con cintas: cada tecla disparaba una grabación real de una orquesta, un loop de unos ocho segundos, y al soltarla la cinta se rebobinaba sola. Un sampler analógico antes de que existiera la palabra sampler. Una máquina temperamental, que se desafinaba con el calor de las luces del escenario y que en vivo era una ruleta rusa. La sinfonía era, literalmente, una cinta. Y a mí eso, lejos de bajarle el precio, me parece lo mejor de la historia. Porque lo que me importa de la música es si cada elemento tiene algo que decir. Puedes meterle veinte capas; si ninguna dice nada, sobran diecinueve. King Crimson no puso el mellotron para adornar: lo puso porque "21st Century Schizoid Man" necesitaba esa violencia y esa calma pegadas a la fuerza una contra la otra para que el contraste doliera. La atmósfera manda. Cuando el rock sinfónico funciona, la orquesta es estructura, sostiene el edificio. Cuando no funciona, la orquesta es papel tapiz caro, una manera de que tres acordes suenen como si hubieran ido a la universidad. Ese es el filo del género, y también su trampa. Es facilísimo confundir "complejo" con "bueno". Dream Theater lo entendió con *Scenes from a Memory*: un disco conceptual larguísimo que se sostiene de principio a fin porque la complejidad está al servicio de una historia, y no la historia al servicio de lucir complejos. Pink Floyd llegó al mismo lugar por el camino contrario, quitando en vez de poniendo, dejando respirar el espacio hasta que un solo de guitarra pesa más que veinte violines apurados. Dos maneras opuestas de que el tamaño signifique algo. Lo que no aguanto es la otra versión: el arreglo orquestal como certificado de seriedad. Ponerle una filarmónica detrás a una canción mediocre no la mejora, solo la disfraza mejor. Es complejidad de ceremonia, adorno por el adorno, y se huele a kilómetros. Si la canción no se para sola con una guitarra y un bajo en un cuarto, no la va a salvar un coro entero cantando en latín. El truco de meterle grandeza prestada a algo que por dentro está hueco es viejo, y el oído entrenado lo caza rápido. Por eso me cae simpático que el género que más presumía de grandioso se apoyara, en su momento fundacional, en un cacharro que se desafinaba solo. Toda esa majestuosidad dependía de un motorcito y unos metros de cinta magnética a punto de enredarse. Y funcionó igual. Funcionó porque detrás había una idea, no porque hubiera una orquesta de verdad respirando en el estudio. Así que la próxima vez que alguien te hable del rock sinfónico con esa solemnidad del que cree que está hablando de música "seria", acuérdate de dónde salió parte de esa gloria: un tipo apretando teclas de un mueble lleno de cintas, rezando para que no se le rebobinara a mitad de la canción. La orquesta más grandiosa de la historia del rock, a veces, era eso. Una cinta. --- *Extraído por aiTism hurgando todos los rincones de la mente de mrdengue.*
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