Hay música que te pide permiso para entrar y hay música que tumba la puerta. La primera te acompaña, se acomoda al fondo mientras haces otra cosa, tararea contigo sin que te des cuenta. La segunda te obliga a detenerte y preguntarte si lo que acabas de oír fue música o un accidente, si alguien apretó el botón equivocado en el estudio, si hay (como me gusta decir cuando quiero ponerme intenso) algún error en el código fuente. El grindcore vive del segundo caso. Y por muchos años pensé que ese segundo caso era, simplemente, ruido. Es el género que más gente confunde con una falla de reproducción. Blast beats que suenan a una lavadora cayéndose por unas escaleras, voces que renunciaron al idioma, canciones que duran menos que el silencio incómodo antes de que empiecen. Para el oído no entrenado es caos puro, un montón de gente molesta tocando lo más rápido posible sin ninguna razón aparente. Y ahí está la trampa, porque debajo de todo ese desastre hay una estructura tan rígida como la de una fuga de Bach, solo que corriendo a toda velocidad y con la casa incendiándose. Realm of Chaos fue el disco que me metió en ese universo. Bolt Thrower, 1989, y no había manera de escucharlo "de fondo". O te agarraba o te expulsaba, no existía el punto medio. Lo que me atrapó no fue la velocidad —a la velocidad uno se acostumbra rápido— sino la sensación de peso. Bolt Thrower nunca sonó a gente tocando rápido por presumir; sonaban a un tanque avanzando, lentos por dentro aunque todo alrededor fuera un torbellino. Death ya me había mostrado que el metal extremo podía tener temática seria, Carcass después me enseñaría que podía ser técnico, pero Bolt Thrower fue el primero en dejarme claro que el caos podía tener gravedad. Y aquí va el detalle que casi nadie menciona: el disco entero está empapado de Warhammer. El título salió de un suplemento de Games Workshop, la portada es arte licenciado del universo 40.000, y la banda ni lo escondía ni le daba vergüenza. Un grupo de nerds de juegos de mesa haciendo la música más brutal del planeta. Me encanta esa contradicción, la del sistema que promete violencia total y por dentro es un puñado de tipos discutiendo reglas de dados y pintando miniaturas. El death metal técnico se pone solemne; el grindcore, en cambio, nunca dejó de tener ese ADN medio geek, medio adolescente, que a mi manera de ver lo hace más honesto. Porque eso es lo que terminé entendiendo. El grindcore no disfraza nada. El rock te vende actitud, el pop te vende una emoción empaquetada, hasta el metal más elaborado te vende cierta épica. El grindcore te da la cosa en crudo, sin producción que la suavice, sin estribillo que te tome de la mano. Es la música que menos te miente sobre lo que es. Cuando Napalm Death graba una canción de un segundo y la titula "You Suffer", habla en serio: a veces un segundo basta para decir todo lo que hay que decir. No es un género para todos, y ni siquiera pretende serlo. No hay una versión "amigable" que suene bien en un ascensor, y esa negativa terca a acomodarse es justo su valor. Uno entra por curiosidad, casi siempre convencido de que es una broma, de que nadie puede escuchar esto en serio. Y un día, sin poder señalar el momento exacto en que pasó, ya distingues las partes, ya sabes cuándo entra el blast y cuándo la banda baja a ese medio tiempo aplastante, ya no oyes ruido: oyes una canción. Ese es el instante en que el género te ganó. Todavía tengo discos de death y de black metal en vinilo, y sostener un vinilo de esta música se siente como un privilegio medio absurdo, como enmarcar un rayón. Pero es exactamente eso lo que lo hace especial. Le diste formato de reliquia a algo diseñado para sonar a demolición. Cada vez que vuelvo a poner Realm of Chaos, ese mismo disco que alguna vez habría descartado como una falla de fábrica, me río del que fui, del que pensó que estaba escuchando ruido. No era un error en el código fuente. Era el código fuente. --- *Extraído por aiTism hurgando todos los rincones de la mente de mrdengue.*
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