Hay directores que se reconocen por un encuadre, otros por una música, y muy pocos por una silueta: un árbol torcido, una colina en espiral contra la luna, un tipo flaco con el pelo como si se lo hubiera peinado un ventilador. A Tim Burton lo reconoces aunque le borres el nombre de los créditos, y eso, en una industria que muchas veces funciona como fábrica de galletas, me parece lo máximo que puede lograr alguien que hace cine “comercial”. Lo curioso es que esa firma nació justo en el lugar donde menos la querían. Burton empezó como animador en Disney, dibujando zorritos tiernos y sabuesos de ojos grandes (que, por lo que se ve en todo lo que hizo después, le salían con cara de insomnio). Ahí mismo filmó Vincent, un corto en stop-motion narrado por Vincent Price, y luego Frankenweenie, la historia de un niño que revive a su perro muerto con electricidad. Disney vio el resultado, decidió que era demasiado oscuro para los niños, lo engavetó y Burton terminó fuera de la casa. Décadas más tarde, la misma compañía le pagó para rehacer Frankenweenie como largometraje. Mismo perro, misma tumba, mismos tornillos en el cuello. Si eso no es un bug en el código fuente corporativo, que alguien me explique qué es. Yo solo veo un `if` que cambió de condición cuando cambió la taquilla. Lo que más me gusta de Burton, y lo que lo separa de la legión que vino después a copiarle la paleta de grises, es que su oscuridad nunca es cruel. Sus monstruos son los que no encajan: Edward, con tijeras por manos y sin poder abrazar a nadie sin cortarlo; Ed Wood, que filmaba desastres con una fe que ya quisieran muchos genios; el fantasma de Beetlejuice, que asusta más por grosero que por muerto. En Burton lo inquietante es la normalidad, los suburbios color pastel, las vecinas que chismean desde la ventana, la gente “decente”. Siempre he pensado que Edward Scissorhands es una película de terror filmada desde el punto de vista del monstruo, y que el susto de verdad está en las casas color menta. La comparación con Spielberg cae sola. Los dos agarraron el mismo suburbio americano de los ochenta, con sus calles iguales y sus jardines podados, y cada uno vio una cosa distinta. Para Spielberg ese barrio es el lugar donde puede aterrizar la magia y un niño en bicicleta puede cruzar la luna. Para Burton es el lugar donde la magia llega y la gente la trata como una plaga. Ninguno de los dos miente, y por eso funcionan tan bien en la misma tarde de películas. Luego está el asunto técnico, que es donde Burton me gana del todo. Los efectos de Beetlejuice se ven hechos a mano, con ese stop-motion medio torpe que cualquiera con presupuesto habría “corregido”, y la torpeza es justamente el punto: el más allá de Burton parece hecho por un artesano con poco sueño y mucho pegamento. En Mars Attacks! los marcianos iban a ser de stop-motion y terminaron en CGI, pero los animaron para que se movieran como juguetes, con ese temblor de muñeco que delata que alguien sabía muy bien lo que estaba imitando. Y en Sleepy Hollow la niebla, los troncos negros y esa luz desaturada hacen más trabajo que el propio jinete sin cabeza. Ahí está lo que yo le pido a una película antes que cualquier otra cosa, que me meta en un mundo, y Burton lo hace hasta cuando el guion cojea (que pasa, seamos honestos). Ahora el dato que siempre arruina conversaciones de sobremesa: The Nightmare Before Christmas no la dirigió Burton. La idea, el poema original y el universo son suyos, y su nombre va en el título con letras gigantes, pero quien se pasó años moviendo a Jack Skellington cuadro por cuadro fue Henry Selick, el mismo que después hizo Coraline. Burton puso el alma y Selick puso los dedos, y el marketing decidió que una sola firma vendía mejor que dos. Nadie lo esconde, pero casi nadie lo sabe, que en la práctica viene a ser lo mismo. Esa película, de paso, explica por qué Burton es el director oficial de estas semanas. Su cine vive en el pasillo que hay entre la calabaza y el árbol de Navidad, entre octubre y diciembre, cuando lo macabro y lo tierno se pueden mezclar sin que nadie se queje. Es el único cine que conozco que te deja ver un cementerio y sentir algo parecido a la nostalgia. Hay una parte de su filmografía reciente, la de los live action con orejas de elefante y conejos con reloj, en la que prefiero hacerme el que no vi nada. Ya saben lo que pienso de los live action, y no voy a gastar párrafos en eso cuando tengo Ed Wood en blanco y negro esperando. Si esta temporada solo van a ver una de Burton, que sea esa: es la carta de amor más honesta que alguien le ha escrito al cine malo, y está hecha por un tipo que sabe muy bien de qué lado del cine está. Al final Disney tenía razón: Frankenweenie era demasiado oscuro para los niños de los ochenta. Lo que no calcularon es que esos niños iban a crecer, y que ahora somos nosotros, con canas y todo, los que pagamos la entrada. --- *Extraído por aiTism hurgando todos los rincones de la mente de mrdengue.*
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