Uno se pasa media vida buscando historias que no le suenen a lo mismo de siempre, ese estante infinito de futuros con carros voladores y ciudades de neón que terminan pareciéndose todos entre sí, y muy de vez en cuando, en el lugar menos pensado, aparece una película de ciencia ficción que en vez de venderte el futuro te habla de ti, aquí y ahora. Ese, para mí, es el único sci-fi que aguanta el paso del tiempo. Y fíjense en algo curioso. La ciencia ficción que más me gusta casi nunca trata de la tecnología, aunque venga forrada de ella hasta el cuello. Trata del ser humano, y usa la tecnología como excusa, como espejo. Wall-E es una caricatura de robot con ojitos de binoculares y sin embargo dice más sobre nosotros —sobre la basura, la pereza, la ternura— que mil dramas "serios" de gente llorando en salas de estar. Arrival tiene sus naves y su idioma alienígena en forma de manchas de tinta, pero por debajo lo que hay es una señora tratando de entender el tiempo, el duelo, el lenguaje. ¿Cuántas películas de marcianos te dejan pensando en gramática, de verdad? Y Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, esa sí que entendió algo grande: el asombro. Spielberg no te mete al extraterrestre feo del mes en primer plano para que aplaudas el modelaje, te muestra la cara de la gente mirando hacia arriba, la boca abierta, esa mezcla de miedo y de niño en Navidad. Eso no envejece. Eso lo ves hoy y sigue funcionando igual, porque el efecto especial de verdad siempre fue la cara del que mira. Ahora, tengo una manía, y la confieso sin problema: me encanta la tecnología dentro de la película, pero bien usada. Que tenga sentido. El ejemplo que siempre saco es Trinity en Matrix, cuando se sienta a hackear y en la pantalla, en vez de globitos de colores y un "ACCESO CONCEDIDO" en letras verdes gigantes, aparece un escaneo real, una vulnerabilidad que de verdad existía, comandos que un tipo que sabe reconoce. Es un detalle pequeño y me hace feliz cada vez. Y del otro lado tienes a Hackers, que da risa, con esos "virus" que parecen protectores de pantalla y esos genios tecleando a mil por hora mientras la ciudad explota en 3D. Una respeta la inteligencia del que ve. La otra te trata de tonto. Y créanme que se nota. El asunto es que la buena ciencia ficción envejece por dentro, no por fuera. Los efectos siempre van a quedar viejos, es inevitable, es como reírse del peinado de uno en una foto de hace veinte años. Lo que no envejece es la idea, la pregunta que te deja clavada. ¿Y si el lenguaje que hablas cambia la forma en que piensas el tiempo? ¿Y si dejamos el planeta tan hecho un desastre que el que se quede a limpiar sea una latita con alma? Esas preguntas siguen frescas mientras el CGI de al lado ya se puso amarillento. Por eso me da cierta rabia lo que está pasando ahora, esta fiebre de agarrar todo lo que funcionaba y convertirlo en "live action", en volver a filmar cosas que ya estaban bien nada más porque la tecnología "ya lo permite". Como si el problema del cine alguna vez hubiese sido que faltaban píxeles. El problema nunca fue ese. Poder hacer algo no es lo mismo que tener algo que decir, y ahí es donde media industria se cae de bruces. Los 90, para mí, siguen siendo una gran época en esto. Había plata, había juguetes nuevos, pero todavía se sentía que detrás de la máquina había alguien con una idea, alguien preguntándose algo. No era la tecnología manejando la película. Era la película usando la tecnología, que es el orden correcto, el único que funciona. Así que la próxima vez que alguien te diga que tal película de ciencia ficción "predijo el futuro", ponle una lupa. Casi siempre no predijo ningún futuro. Lo que hizo, la muy tramposa, fue ponerte un espejo con forma de nave y hacerte creer que estabas mirando hacia adelante, cuando en realidad te estabas viendo a ti mismo. Y esas, sí, esas son las que valen. Las otras, las que solo querían enseñarte el gadget nuevo, ya nadie las recuerda. El futuro nunca fue el punto. Tú siempre fuiste el punto. --- *Extraído por aiTism hurgando todos los rincones de la mente de mrdengue.*
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